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"Albores" en Chile

"Albores" en Chile
Enero Cada día más la comunidad de escritores rochenses se proyecta fuera de fronteras, tanto para recibir escritores y poetas de otros países como para realizar presentaciones en el exterior. Este es el caso de Ricardo Pérez que fue nuestro embajador cultural en Chile.
El encuentro de escritores y poetas que se realizó en Abril en La Paloma, así como los concursos internacionales que se han realizado en Rocha, como el del Club de Leones y el Encuentro y publicación de un libro internacional de los inter-decimeros, entre otros, han generado vínculos internacionales entre poetas y escritores que le hace muy bien a las letras de del departamento, del país y de la región.
De esta manera fue que Ricardo Pérez, escritor rochense, se relacionó con escritores chilenos y de ese relacionamiento surgió su Viaje Literario en noviembre pasado. Presentó su libro “Albores” en un evento organizado por chilenos que concurrieron a los encuentros en Rocha, destacando muy especialmente el aporte de la señora Delfina Flores. El mismo se realizó en la Novena Región de la Araucanía. El día 22 de noviembre participa de un encuentro literario realizado en la ciudad de Nueva Imperial por el Círculo de Escritores Juvencio Valle. El día 23 de noviembre participa en la ciudad de Carahue, en sede de Rotary, organizado por estos y el grupo literario Gotas de Lluvia. Ahí actuó Marcelo Avilés concertista en guitarra clásica, pasaron un video de Rocha, presentó su libro y la poetiza Delfina Flores recibió el premio obtenido en Club le Leones de Rocha que llevó Ricardo, terminando con un lanch.
Nos cuenta Ricardo que “una semana antes de venirme recibí un correo diciéndome que en Valparaíso había obtenido una Primer Mención honrosa con un cuento poético, llamado El hombre, que mandé en setiembre”.
Dos días más tarde lo recibieron los organizadores de la Sociedad de Escritores de Valparaíso y otro grupo llamado Poetas Itinerantes en el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Valparaíso, en Valparaíso.
Este viaje de Ricardo es sin duda un ejemplo más de cómo se valora nuestra cultura fuera de nuestro medio y en este caso, el valor de un escritor que presenta un muy buen trabajo, con talento, con dedicación y con un especial afecto que lo hacen digno embajador de la cultura rochense. Felicitaciones Ricardo y gracias por tu aporte.

  

El Hombre
El hombre venía de un lugar yermo, vacío.
Donde la tierra blancuzca había matado los verdes de los vegetales y los azules de las aguas.
Lo último que vio morir fueron cuatro árboles desnudos, anegrentados.
Era también lo único que veía aún con vida en la distancia, desde su refugio.
Allí había vivido siempre, cerca de las montañas.
En un valle frío azotado por el viento.
La cabaña precaria estaba al abrigo de unos árboles altos y flacos.
En esas pasturas escasas criaba sus ovejas, a las que cambiaba de lugar buscando nuevos brotes.
En época  de nevadas, cuando las cumbres blanqueaban, se retiraba valle abajo, protegiendo su  rebaño.
El hombre se acostumbró al clima inhóspito, pues no conocía otro.
Aquella mañana era como cualquiera, hasta que el sol se cubrió de nubes marrones.  El  día se oscureció.
Las aves volaron presurosas hacia el norte.
Se escuchó un rugido fuerte y largo, muy a lo lejos.
Parecía un bostezo lánguido, pero furioso.   El suelo trepidó.
Los animales corrieron inquietos, sin saber dónde.
Después las noches y los días fueron más grises.
El suelo se fue cubriendo de ceniza cada vez más, y una nube opaca lo envolvía todo.
El viento furioso acostó los árboles altos a dormir el sueño final.
Algunos aplastaron la cabaña.
El hombre con lo que quedó, hizo lo que pudo.
Días después cuando se vio el cielo, el paisaje había cambiado, se habían ido los colores.
Él cuereó las ovejas muertas y las enterró. Para que dejarlas? si ya ni cuervos había.
La decisión de emigrar no le pesó.
Con cuatro ovejas, un caballo, y un perro inició el andar hacia el este.
En ese rumbo encontraría comida para los animales, además recordaba un pueblo de cuando era niño.
El caballo viejo y flaco cargaba las pocas pertenencias.
El hombre iba a pie tirando de la soga que acollaraba las cuatro ovejas.
El perro, que era el más fuerte, abría la marcha dando brincos.
La ceniza había ido muy lejos campo adentro, como una larga espada hiriente.
Dos días después no había cambiado mucho el funesto panorama.
Al final de la soga seguían sólo dos ovejas, tambaleantes.
Un angosto arroyo bajaba entre dos cerros a su encuentro.
El caballo iba más lento y al hombre le pesaban las piernas.
Volvieron los verdes en los primeros árboles.
La soga ahora estaba vacía.
Al llegar a las primeras pasturas miró amargamente hacia atrás, hacia donde quedaron los restos del caballo.
Caminaba sólo con el perro.
El tiempo lo hizo amigo de la tristeza, del viento y la soledad.
Con el último aliento llegó al pueblo, que ya era una ciudad.
Se quedó en las afueras en unos ranchos abandonados.
Era una zona marginal de precarias viviendas.
De niños descalzos en las calles y sin esperanzas.
De corridas, gritos y peleas nocturnas..
Comenzó a ganarse el sustento mediante changas muy mal pagas.
Con el tiempo mejoró su vivienda.
Nunca se acostumbró a la convivencia, al mal trato, ni al ruido urbano.
Él venía de la pureza del silencio y de la lealtad de la soledad.
La ciudad crecía, desde el centro hacia afuera.
Abría sus brazos como un gigante y arrastraba las orillas cada vez más lejos.
Allí donde estuvieron, ahora se levantaban edificios y los ranchos renacían más apartados.         
Era como acomodarse de nuevo en lo mismo.
Con los mismos materiales y mucho ingenio levantó su nueva casilla.
Las paredes de tablas forradas de cartones.
El techo de viejas chapas con buenos cruces para que el viento no meta el agua.
Bolsa de alpillera de cielorraso, para sujetar las gotas de media mañana cuando las chapas lloran.
El piso era de tierra.
La cama en el rincón más oscuro.
Frente a la mesa un agujero cuadrado al tamaño del vidrio, que podría ser la ventana.
Como sobraron chapas, una baranda al frente para tener sombra en verano.
El hombre salía a la mañana y volvía al atardecer, traía alguna cosa que le fuera útil, si encontraba.
Con un tanque y un pedazo de caño improvisó una estufa.
Calentaba las latas con cualquier charamusca, y aunque metía humo, entibiaba el rancho.
El perro lo esperaba donde había quedado, echado en la baranda junto a la puerta.
Los ojos del animal denotaban tristeza, desde que estaba allí.
No hacía otra cosa que esperar a su amo.
A los dos años el hombre pensó que empezaba acostumbrarse.
Pero llegaron unos señores bien vestidos con papeles que leyeron y dieron para firmar.
La municipalidad  tomaría posesión de los terrenos para nuevos emprendimientos.
Había que irse otra vez.  
El hombre se miró el dedo sucio de tinta que estampó en los papeles, con resignación.
Los señores bien vestidos subían a las camionetas nuevas y se iban dejando tras de sí una nube de polvo.
Pensó moviendo la cabeza, el hombre busca respuestas y encuentra preguntas.
Miró al perro que también estaba quedando viejo como él.
En la mirada se entendieron.
Volverían a sus orígenes, al valle y las montañas.

Ricardo Pérez – Año 2013 Primer Mención Honrosa en Cuento-poético- Sociedad de escritores de Valparaíso- Chile