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Necesidad de la poesía

Necesidad de la poesía
Agosto."La necesidad de la poesía en la formación de los niños y adolescentes como herramienta para aprender a disfrutar del arte" fue el tema desarrollado por la Profesora Mariela Huelmo en el cierre de actividades del aniversario de nuestra Revista.

Con una postura muy clara del lugar que ocupa el Arte en general, y la poesía en particular, respecto de la formación y la sensibilización de niños y adolescentes, esta ponencia merece un DESTAQUE ESPECIAL. Compartimos sus palabras:

“Afirmar el derecho de la persona a la educación es contraer una responsabilidad mucho más grave que la de asegurar a todo individuo la posesión de la lectura, la escritura y el cálculo; equivale a garantizar a todo niño el pleno desarrollo de sus funciones mentales y la adquisición de los conocimientos y de los valores morales correspondientes al ejercicio de estas funciones, hasta la adaptación a la vida social actual…. Se trata de no destruir o estropear ninguna de las posibilidades que el niño contiene y de las que la sociedad será la primera en beneficiarse, en lugar de permitir que se pierdan importantes fracciones de las mismas o ahogar otras. Piaget

La humanidad desde sus orígenes fue capaz de crear arte, pero necesitó un largo camino hasta adquirir "conciencia creadora".
En muchos casos, los únicas huellas que han quedado de civilizaciones del pasado han sido los objetos artísticos, y a través del estudio de esos objetos se ha reconstruido la vida de esos pueblos. De hecho, hoy en día seguimos hablando de la guerra de Troya y conocemos mucho de la vida de los griegos, no por la significación histórica de esa guerra, si no porque un poeta la eternizó al cantarle a la belleza de una mujer. Por lo tanto, formar estéticamente al niño, a los jóvenes, enseñarlos a comprender la obra de arte, es un instrumento del que la educación no debe prescindir.
Hoy en día, la educación no está solo en manos de los educadores. Mucho más formadores, o deformadores, son los grandes medios masivos de comunicación. En ellos, muy poco espacio, casi ninguno, existe dedicado al arte, a la formación artística. A nuestros jóvenes se los enseña cuán exitoso puede ser quien dirige un programa de chismes, quien se ríe de la gente, cuánta popularidad pueden tener un par de mujeres que se insultan públicamente, cuánto dinero puede acumular quien lucre con la pobreza espiritual de los demás. En medio de estos valores, el arte no encuentra su lugar, no halla su sentido, no tiene razón de ser. Ergo, es descartable. Incluso para aquellas familias que anhelan una formación académica, una profesión, para sus hijos, el arte no es un bien redituable, no tiene valor productivo, es concebido como una actividad ornamental, como un pasatiempo. Lo “correcto” es elegir una profesión que garantice la seguridad y estabilidad económica en el futuro. Ya el padre de Franz Kafka decía que su hijo le daba problemas, no se encaminaba y solo le causaba disgustos con esa idea de ser escritor.
Ser artista, ser escritor, pertenece al ámbito del entretenimiento, muy alejado de los terrenos donde se discuten los temas que deciden el curso de la humanidad.
En este marco de desprestigio social, los creadores estamos moralmente obligados a defender y propagar el valor y la necesidad del arte para ayudar a la construcción de una sociedad verdaderamente democrática.
Los científicos insisten en resaltar la posibilidad del ser humano de desarrollar aptitudes a través de la interacción con su entorno a lo largo de toda la vida, pero todos coinciden en la importancia fundamental de ese entorno en los primeros años de vida. La educación artística, entonces, no puede ocurrir de forma aislada, si no que debe formar parte del contexto de la educación en general y vincularse a los procesos sociales, políticos y económicos. Pero el niño, el joven, debe ser formado para entender esos procesos, y cómo el arte los expresa y denuncia.

En toda obra de arte se distinguen dos elementos: forma y contenido. La forma hace referencia a su apariencia externa, en ella se refleja no sólo la capacidad y originalidad del artista, sino también todos los saberes y experiencias artísticas almacenadas por los artistas anteriores. El contenido de una obra de arte hace referencia al "fondo", a la esencia de dicha obra. Para comprenderla, hay que ser capaz de entenderla en los diferentes niveles que presenta. En el nivel iconográfico, o sea en sus representaciones figuradas, que pueden aludir a un personaje histórico, a una idea, a una época, a una religión, por ejemplo; y en el nivel iconológico, el que se encarga de los símbolos, es decir, imágenes que significan mucho más de lo que aparentan.
Quien no ha sido formado para sensibilizarse frente a esas representaciones, no puede disfrutarlas. Tristemente digo que hoy en día es natural que nuestros jóvenes se aburran frente a muchas manifestaciones artísticas, ya que su sensibilidad ha sido bombardeada por la vulgaridad que viven a diario, por la mediocridad de los programas televisivos, por las superficialidades que propagan las redes sociales. Revertir esta situación no es nada fácil, demanda inteligencia, esfuerzo y tiempo, bastante tiempo.

Particularmente, y sin duda alguna con mucha subjetividad, defiendo la necesidad de que la poesía forme parte de la vida cotidiana de los niños y los adolescentes para aproximarlos al mundo del arte y, desde allí, al mundo todo.
¿Por qué la poesía? Porque “un buen poema tiene una imagen para los ojos, una música para los oídos, una idea para el pensamiento, un sentimiento para el corazón”. O sea que acercarse a la poesía desarrolla la expresión plástica, la musical, la reflexión, la conexión con las emociones.
La poesía enriquece toda la actividad creadora, porque sensibiliza, y no tiene límites de nivel de desarrollo psicogenético. La magia del texto poético está más allá de la mera comprensión racional. Un niño Down puedo emocionarse profundamente al oír un poema de complejo contenido por su sonoridad, por las fibras íntimas que toca, como podemos nosotros conmovernos ante un texto en un idioma que no comprendemos.
La poesía, además, transmite al niño la sensibilidad de su creador. Tal como lo planteaba Aristóteles: la poesía tiene capacidad para tocar lo más profundo de nuestro espíritu, para acercarnos a lo que puede sentir otra persona en circunstancias radicalmente distintas a las nuestras pero que, a pesar de todo, somos capaces de imaginar y aun revivir. La poesía, entonces, no solo sensibiliza, desarrolla la imaginación. Imaginación que todos necesitamos; nadie puede prescindir de la fantasía: ni el niño, ni el adulto; tampoco el científico o el historiador.
Ciertamente, jugar con las palabras y la imaginación no es la forma exclusiva que tienen los niños para educarse estéticamente y acercarse a la realidad, pero este juego implica enriquecer el vocabulario, de alguna manera adueñarse de las palabras, y al adueñarnos de ellas, nos adueñamos de los conceptos que encierran, de nuevas ideas. El mundo más grande y más comprensible.
La poesía es el género literario más exigente desde el punto de vista de la sonoridad, y esa sonoridad no es ajena al sentido del poema. Para poder disfrutar forma y contenido, como hablaba al principio, es necesario un oído familiarizado con los ritmos y sonoridades del lenguaje poético. La formación de ese oído debe comenzar muy temprano, con los juegos rítmicos verbales y los poemas para la edad preescolar, y continuar ampliándose, profundizándose acorde con la madurez intelectual de los educandos.
Pero la capacidad para la emoción poética, debe desarrollarse no solo desde el conocimiento, sino también desde el placer. No solo los jóvenes, sino muchos adultos afirman “No me gusta la poesía”. Yo sostengo que “Quien dice que no gusta de la poesía es porque ha pasado por una pedagogía atroz”.
La vivencia poética nos hace conocer las cosas, la naturaleza y al ser humano de una manera muy distinta a la de la ciencia, porque nos involucra, nos hace partícipes. En esa experiencia se conjugan el pensamiento racional, los sentidos, la imaginación y nuestra historia emocional. Por tanto, la poesía es una de las más integradoras de todas las experiencias humanas.
Se apostó a una educación puramente racional, el resultado es que, en su gran mayoría, hemos producido un ser humano recortado en su propia esencialidad. Vuelvo al pensamiento de Piaget: “Se trata de no destruir o estropear ninguna de las posibilidades que el niño contiene y de las que la sociedad será la primera en beneficiarse, en lugar de permitir que se pierdan importantes fracciones de las mismas o ahogar otras”. Hemos mutilado una de las capacidades más refinadas, más elevadas del ser humano, que lo conecta con lo más íntimo de la humanidad. No en vano Sigmund Freud, que pasó gran parte de su vida tratando de descubrir los misteriosos mundos interiores del hombre, finalmente admitió que allí por dónde él intentó abrir nuevas líneas al psicoanálisis, ya había andado un poeta.
En estos tiempos donde buscamos lo más fácil, muchas personas me comentan que no leen poesía porque es difícil. Será porque es como la vida misma. Vivir la vida cuesta, conectarnos con nuestro yo profundo cuesta, puede ser doloroso. En este sentido, el poeta es un resistente, no solo para elevar su voz por los despojados, por los desprotegidos del orden social, si no también para intentar acercarse a la sublimidad.

El arte es una necesidad primaria del hombre, y es también una posibilidad de salvarlo en medio del acelerado proceso de deshumanización que vivimos actualmente.
El mundo no está libre de césares ni regímenes autoritarios que destierren y asesinen a los poetas, pero no podrán asesinar la palabra que, desde su belleza, es capaz de decir las alegrías y exorcizar el dolor.
Desde mi trinchera de docente, desde mi trinchera de poeta, seguiré apostando a sensibilizar y educar estéticamente, porque, como canta Silvio, “debo creer que mañana es un mundo habitable”.

Profesora Mariella Huelmo