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Ser niño es difícil

Ser niño es difícil
Febrero  En la imaginación popular la niñez es una etapa idílica, con mucho amor, muchos juegos y juguetes, mucha protección de los adultos. Pero los datos que aportan la sociología y la psicología se encargan de marcar que ese sueño es sólo eso, sueño, ilusión. María Verónica Amaral Bertone (*)
 
Mi niñez fue marcada por la pérdida. Se murió papá, se acabó el dinero y mis hermanos tuvieron que trabajar, por lo que de algún modo también los perdí a ellos. Y ahí llegó la soledad, soledad de niños, porque adultos controladores sobraban a mi alrededor. Tuve la suerte de vivir su sobreprotección, no el abuso común en otros niños en estas situaciones. Claro, la sobreprotección tampoco es sencilla de manejar. Implica que no te enseñen a andar en bicicleta para evitar que te lastimes, jugar sola porque la tristeza de los grandes impide la visita de las compañeras de escuela. Rara vez juegas con niños que tú hayas elegido, porque los “autorizados” son tus primos o hijos de tus primos, parientes con los que sueles no tener nada en común. Tampoco puedes estudiar piano, guitarra, ballet, inglés o todas esas cosas por las que suspiras. Porque no hay plata ni tampoco quién te lleve. Te vuelves solitario, tímido y, a los ojos de los otros niños, antipático, “traga”, porque los libros suelen ser tu refugio.
 La escuela fue vital para mí. Cuatro horas mías, con maestras excelentes que me alentaron, me retaron, me desafiaron. Maestras de liberación. Aunque también recuerdo una suplente que se paseaba entre los bancos con una regla en la mano, amenazadora. Nunca me pegó, pero en mi imaginación yo iba a la dirección y la denunciaba cuando le tocaba a otro. Maestra de dominación.  De mis compañeros conservo algunos amigos, otros conocidos, pero sobre todo, la relación típica planteada por Varela: los que se sentaron juntos en los bancos de una escuela aprenden a considerarse iguales.
Pero la imagen de mis maestras es más fuerte que las de mis compañeros. Desde la dulce de Jardinera, con quien aprendí a recortar y pegar figuras de los catálogos del London-Paris, a la de 6° con quien hice viajes imaginarios a los más recónditos lugares del planeta, incluyendo a la de 1°, 2° y,  3° quien se negaba a “abandonarnos” y la de 4° y 5° con quien dimos los primeros pasos hacia el “estudio”.
Todas muy estilo “Escuela Nueva”, todas muy buenas con nosotros, sus alumnos. Todas preocupadas porque aprendiéramos a leer, escribir, matemáticas, ciencias, pero también preocupadas porque su aula fuera un lugar donde fuéramos felices. Tuve el privilegio de trabajar con dos de ellas como colegas, y recuerdo haberles comentado estas impresiones,  así como sus sonrisas satisfechas al ver a su alumna, ahora maestra, analizando sus prácticas pedagógicas.
A esta altura ustedes se preguntarán por qué he contado todo esto en una columna dedicada a educación en general, no a casos particulares. Es que de mi historia saco algunas conclusiones generalizables a la escuela actual.
Ya he dicho en otro artículo que no me interesa por qué cada maestro llegó al aula, pero que es imprescindible que una vez allí, cada profesional de la educación se haga cargo de lo que ello implica. E implica claramente responsabilidad por los aprendizajes de nuestros alumnos pero también por las vivencias que se generen mientras ellos suceden. Nadie quiere reconocer que hay maestros/as gritones/as, pero los hay. Hay maestros/as impacientes, malhumorados/as, centrados en sí mismos y no en sus niños, maestros/as que admiten una sola verdad, la suya. Maestros de dominación. Y qué importante es para el niño tímido, dolido, deseoso de aprender, que su maestro hable clara y serenamente, lo acepte como es, lo ayude a pensar por sí mismo, le permita discrepar y equivocarse, dé un ejemplo de trabajo colaborativo, acepte sus limitaciones pero no se dé por vencido ante ellas, en fin, que su maestro sea maestro de liberación, como fueron mis maestras.
Oigo con gran preocupación como, dentro de una campaña política tempranamente iniciada, los políticos “usan” el tema de la educación y la escuela para “quedar bien” con un electorado que no siempre se detiene a pensar en las propuestas político-partidarias. Hablan de “reformar” la educación como si ella fuera una estructura social independiente de las demás, como si pudiera mejorarse aunque no mejoren la salud, la vivienda, el empleo. Y sostengo que los maestros no debemos encandilarnos con vidrios de colores y que, mientras luchamos por nuestros derechos, debemos tener sumamente presente que el derecho de nuestros niños a ser felices en la escuela, sí pasa, en su mayor parte, por nuestras manos. Esas cuatro horas que están en nuestra aula pueden hacer la diferencia en sus vidas. Lo hicieron en la mía.

(* )Maestra egresada en 1974. Diversificó la docencia, trabajando en tres áreas de la misma: Educación Primaria (1976 a 2009), Formación Docente (Profesora efectiva por concurso en Ciencias de la Educación, área Pedagógica 1999 a 2009, Directora interina del IFD de Maldonado 2010-2011) y la enseñanza de Inglés en Primaria década del 90 e Instituto Anglo-Uruguayo de 1993 a 2008.